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Enseñar a pensar.

por Wagner
miércoles, 28 de octubre del 2009 a las 02:01

Wagner


No hace mucho tiempo, Juan Pablo II se dirigía a los jóvenes, en Francia, con las siguientes palabras: "¡Aprended a reflexionar más y más, aprended a pensar! Los estudios que hacéis deben ser un momento privilegiado de aprendizaje para la vida del espíritu ¡Desenmascarad los slogans, los falsos valores, los espejismos, los caminos sin salida!" ¿Acaso los humanos no estamos pensando siempre? El Papa parece indicar que no tanto como creemos. Pensar, ponderar, "Pensar" sugiere algo de peso: gravedad, consistencia, seriedad, solidez.

Lo más grave
 
¿Qué es lo más grave que sucede hoy en día? Recuerdo una lección del profesor Leonardo Polo, en la que aseguraba que lo más grave que hoy sucede es que no sucede el pensar. Y a la vuelta de seis lustros parece que el diagnóstico sobre la situación de nuestra sociedad sigue siendo el mismo: se "pasa" de pensar. Julián Marías ha advertido que esta sociedad peca de omisión en el pensamiento. ¿Cuántos filósofos de finales del siglo XX - se pregunta-, serán estudiados en los manuales del siglo próximo?
 
Esta crisis, aunque parcial, se manifiesta también en los hábitos del ciudadano medio: pocos leen un artículo de periódico que desarrolle algún tema de pensamiento; esto es frecuente incluso entre personas que tienen enmarcado un título universitario.

La verdad suplantada por ideologías, el pensamiento por el sentimiento
 
El pensamiento acerca de la verdad de las cosas ha sido sustituido por ideologías que hacen agua apenas nacen. De otra parte, lo que parece interesar más en la actualidad es no el pensamiento sino lo que alguien ha llamado con humor y acierto, "sensamiento". Se presta mucha atención a lo que "se siente", si se siente mucho o se siente poco, si lo siento o si no lo siento. Es un modo de vivir sobre fundamentos inconsistentes e inestables; un modo de discurrir un tanto irracional, porque procede de vacíos del alma y se desarrolla en la epidermis de la existencia, o en los espacios etéreos de la ficción o del formalismo verbal y la logomaquia.
 
No se piensa en lo que hay y en lo que son en el fondo las cosas. No se piensa por ejemplo si esto o aquello es "medio" o "fin". Se renuncia a proseguir aquella tarea emprendida con tanto entusiasmo cuando éramos niños: averiguar hasta el último porqué de las cosas. ¿No es cierto -como escribió José María Albareda- que "hay algo en las cosas que las convierte en cautivadora estancia del pensar"? Sin embargo, lo que dijo San Anselmo, que "sólo unos pocos piensan en la verdad de las cosas", parece ser una constante histórica.
 
Quizá suceda porque debemos "aprender a pensar" y no se enseña suficientemente, cuando ambas cosas constituyen un importante deber. En frase de Alejandro LLano, "pensar, enseñar a pensar, aprender a pensar, es la triple obligación de la inteligencia". Se trata sin duda de una obligación estrictamente moral, pues la razón es la facultad que Dios nos ha dado para descubrir el bien y regir toda nuestra conducta.
 
¿Por qué a menudo hay miedo a pensar, miedo a la luz y a la libertad del pensador auténtico? Quizá porque cualquier rayo de luz nos guía hacia el sol, y no siempre el hombre se encuentra dispuesto a interesarse por la fuente de la luz y de la vida que puede saciar su más profunda sed.

En que consiste pensar bien


"El pensar bien -dice Balmes, con acierto- consiste, o en conocer la verdad, o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. La verdad es la realidad de las cosas...

"Si deseamos pensar bien, hemos de procurar conocer la verdad, es decir, la realidad de las cosas. ¿De qué sirve discurrir con sutileza, o con profundidad aparente, si el pensamiento no está conforme con la realidad?

"El buen pensador procura ver en los objetos todo lo que hay, pero no más de lo que hay. Ciertos hombres tienen talento para ver mucho en todo; pero les cabe la desgracia de ver todo lo que no hay, y nada de lo que hay. Una noticia, una ocurrencia cualquiera, les suministran abundante materia para discurrir con profusión, formando, como suele decirse, castillos en el aire. Estos suelen ser grandes proyectistas y charlatanes.
 
"Otros adolecen del defecto contrario; ven bien, pero poco; el objeto no se les ofrece sino por un lado; si este desaparece, ya no ven nada. Estos se inclinan a ser sentenciosos y aferrados en sus temas. Se parecen a los que no han salido nunca de su país: fuera del horizonte a que están acostumbrados, se imaginan que no hay más mundo.

Un entendimiento claro, capaz y exacto, abarca el objeto entero; le mira por todos sus lados, en todas sus relaciones con lo que le rodea. La conversación y los escritos de esos hombres privilegiados se distinguen por su claridad, precisión y exactitud. En cada palabra encontráis una idea, y esta idea véis que corresponde a la realidad de las cosas. Os ilustran, os convencen, os dejan plenamente satisfechos; decís con entero entendimiento: "sí, es verdad, tiene razón". Para seguirlos en sus discursos no necesitáis esforzaros; parece que andáis por un camino llano, y que el que habla sólo se ocupa de haceros notar con oportunidad los objetos que encontráis a vuestro paso. Si explican una materia difícil y abstrusa, también os ahorran mucho tiempo y fatiga (...)
 
"Echase pues de ver que el arte de pensar bien no interesa solamente a los filósofos, sino también a las gentes más sencillas. El entendimiento es un don precioso que nos ha otorgado el Criador, es la luz que se nos ha dado para guiarnos en nuestras acciones; y claro es que uno de los primeros cuidados que debe ocupar al hombre es tener bien arreglada esta luz. Si ella falta nos quedamos a oscuras, andamos a tientas; y por este motivo es necesario no dejarla que se apague. No debemos tener el entendimiento en inacción con peligro de que se ponga obtuso y estúpido; y por otra parte, cuando nos proponemos ejercitarle y avivarle, conviene que su luz sea buena para que no nos deslumbre, bien dirigida para que no nos extravíe"
 
Es obvio que una de las más importantes facetas de la educación -si no la que más- es la del pensamiento, pues al intelecto toca regir la conducta humana toda, llevarla a buen fin, a buen puerto, al Fin final que da sentido a todo el existir.

WagnerTodo bien

Una reflexión sobre la persona humana

por Wagner
martes, 27 de octubre del 2009 a las 22:13

 

El personalismo tiene mucho que decir sobre la persona. En primer lugar, por la comprensión racional que puede elaborar, es decir, la manera en que está constituida, sus fundamentos y condiciones de posibilidad; y en segunda instancia, y esta es la base de la reflexión, por el desvelamiento que intenta hacer de ella en la diversidad de situaciones en las que se halla inmersa, su protagonismo y los derroteros que sigue para vivir en una sociedad personal y comunitaria.

El personalismo marca las distancias entre la consideración del hombre como individuo y como persona. En ambos casos se habla del sujeto humano, pero los matices cambian: “El individuo es la disolución de la persona en la materia. […] La persona se opone al individuo en que ella es dominio, elección formación, conquista de sí; corre el riesgo del amor en lugar de protegerse[1].

La disgregación del individuo en su exterioridad se opone a la integración de la persona en su interioridad que le hace proyectarse hacia fuera. La diferencia entre persona e individuo es evidente. Mientras el individuo se convierte en un medio que puede ser banalizado y utilizado, la persona se afirma como poseedora de la dignidad que la configura como un fin en sí misma. En este sentido, continúa E. Mounier:

“Mi persona no es mi individuo. Llamamos individuo a la dispersión de la persona en la superficie de su vida y a la complacencia en perderse en ella. […] Mi individuo es el gozo avaro de toda esta dispersión, el amor narcisista de mis singularidades, de toda esa abundancia preciosa que no interesa a nadie sino a mí. Es incluso el pánico que se apodera de mí con la sola idea de desprenderme de él, la fortaleza de la seguridad y

de egoísmo que erijo alrededor para garantizar la seguridad y defenderlo contra las sorpresas del amor”[2]

El individuo está enquistado en sí mismo, cerrado a cualquier posibilidad de trascendencia de sí mismo hacia sus semejantes. La manera de relacionarse consigo mismo, centrado en el egoísmo, anula cualquier posibilidad de comunicación no estrictamente ávida de intereses egoístas y embaucadores para con otros individuos. En cambio, la persona se manifiesta como poseedora de sí misma y en continua apertura a los demás, no mediando entre ella y ellos un interés mezquino, sino la búsqueda de la mutua realización en el diálogo y en la apertura al misterio del otro. Es importante pues, distinguir entre individuo y persona para poder dedicar nuestra reflexión a ésta y tomando distancia de las connotaciones que puede distorsionar el cometido fundamental de la persona.

El intento de reflexionar sobre la persona, partiendo de los presupuestos que se han ido desarrollando a lo largo de esta exposición, puede tener diversas direcciones, aunque preferimos centrarnos en una reflexión bidireccional sobre la persona: desde el exterior hacia el interior y desde el interior hacia el exterior. A pesar de que ambos son dos aspectos de una misma unidad, permiten un acercamiento práctico a la relacionabilidad personal, ya que permite analizar la manera en que la persona se relacionar con la realidad desde un horizonte personal y comunitario.

Wagner

 


[1] MOUNIER, Emmanuel. Revolución personalista y comunitaria, oc. 211

[2] MOUNIER, Emmanuel. Revolución personalista y comunitaria, O.C. 210-211.

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